La épica del trabajo asalariado

logo-seccion-kukoNos hemos creado una épica alrededor del trabajo asalariado que no es ni medio normal. Puede comprenderse que necesitamos un sueldo para vivir y, como no queremos conformarnos con ese pensamiento tan prosaico, lo mitificamos y dotamos de un aura positiva al acto de ir a trabajar… Trabajar es bueno. Hay que ser laborioso y cumplir con tu trabajo. Quédate hasta que se vaya el jefe, que se va a mirar mal. El trabajo dignifica. Éste es un vago, todo el día con el cafelito. Y así sucesivamente, en una espiral de tópicos que son, por cierto, muy útiles para culpar a los parados de su situación: si el trabajo es lo que dignifica, el que no trabaja no es digno, no se merece nada y, como diría Andrea Fabra, que se joda.

Quizás la parte que más me gusta de esa épica es cuando algunos empresarios la interiorizan. A ellos les viene bien, claro, porque facilita que los trabajadores sean dóciles, le echen más horas y empaticen con sus decisiones injustas. Es entonces cuando tenemos el coaching, las sesiones de fomento del trabajo en equipo y las cenas de empresa. Y es también cuando tenemos la maravillosa pregunta en entrevistas de trabajo: “y… ¿por qué decidiste mandarnos el currículum?” A lo cual uno quiere responder “pues porque necesito dinero, ¿por qué va a ser?” … ¿Te ha hecho gracia la respuesta? Sí, ¿no? ¡Qué locura! ¿Cómo vas a responder eso? Es casi una falta de respeto, una bordería, y garantiza que no te contraten. Es mucho más educado mentir y decir que su jornada falsa de 8 horas, sus 900 € de salario y sus requisitos hinchados son exactamente lo que estás buscando en este momento de tu vida laboral. A ser posible sin que se te note la ironía. Pero pensémoslo por un momento: ¿exactamente por qué tenemos que justificar que hayamos elegido una empresa por encima de otra? ¿Qué les importa a ellas, siempre que cumplamos con nuestras horas y con nuestro contrato?

Pero resulta que a las empresas les importan muchas cosas, por ejemplo, el contenido de nuestro Facebook o Twitter. No es conspiranoia, es simple lógica de mercado: si yo fuera un empresario y pudiera mirar por un agujerito las opiniones personales de las personas que trabajan para mí o a las que voy a contratar también lo haría. No sea que se me cuelen sindicalistas, activistas de toda laya o personas a las que les gusta salir de fiesta más de lo que mis prejuicios morales consideran apropiado. Esto parece una tontería, pero ya es un límite arbitrario a tu libertad: o conviertes tus cuentas en redes sociales en algo neutro e inocente o te haces una cuenta B para despotricar a gusto.

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