¿Volverá a ocurrir?

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Antonio Moreno, de 54 años, pasó la cuarentena en su barraca de madera en la montaña de Montjuic y estuvo casi dos semanas sin comer. Cazó palomas en la fábrica de pienso cercana a la cabaña con un arco, conejos cerca del cementerio con cepo y lazo y tuvo que agenciarse algunas verduras de los huertos vecinos para poder alimentarse. “Las primeras dos semanas no veas, no viene ni la muerte aquí arriba. Cacé palomas, conejos y robé en huertos para sobrevivir. Fue muy duro”, confiesa esta persona sin hogar.

Aunque recibió alimentos de los servicios sociales antes del confinamiento —para ser exactos, un paquete de pasta, doce huevos y un litro de aceite de oliva—, no le bastaron para comer más que los primeros días de los tres meses que duró la cuarentena. “Entonces, pensé, ¿qué hago, como hierbas? Hierba hervida tiene que salir algo”, relata Moreno mientras ríe y añade con voz triste que adelgazó mucho. Al quedarse sin alimentos, debido al estado de alarma no pudo bajar de la montaña a la ciudad. “Estuve dos semanas sin moverme, no podían verte afuera. Luego vi que tenía que buscarme la vida, fui esquivando a la policía”, explica este sin techo. Algunos vigilantes de Montjuic que lo conocen le trajeron comida en una etapa del confinamiento más avanzada.

Durante el pasado confinamiento nadie pudo salir a la calle, pero hubo personas que no pudieron salir de ella porque no tienen casa o que, como Antonio, viven en infraviviendas. Las actividades con las que los sin techo obtenían ingresos y alimentos se vieron imposibilitadas o dificultadas. Ahora, debido a la nueva eclosión de rebrotes y contagios, las personas sin hogar entrevistadas en el reportaje aseguran que temen que un segundo confinamiento pueda repetir esa situación de abandono y desamparo.

Un recuento de la Fundación de Arrels del día 14 de mayo, contabilizó un total de 1.239 personas que pasaban la cuarentena en la intemperie en Barcelona. La entidad también indicó que, además, habría 846 que malvivían en asentamientos y viviendas inadecuadas y unas 2.171 en recursos habitacionales públicos. Un total de 4.246 en el mes de mayo.

Édouard Amadi, de 53 años, es original de Costa de Marfil y ha pasado diecisiete años trabajando en el campo y fábricas de distintos países europeos, principalente en España. Él es una persona de alto riesgo por una enfermedad intestinal crónica, que contrajo al trabajar en su país en fábricas de fertilizantes manipulando químicos tóxicos sin protección, lo que le impide ingerir ciertos alimentos porque le hacen expulsar sangre en sus heces. Durmió todas las noches de la cuarentena en las puertas del Mercat de Fort Pienc, con ocho personas sin hogar más.

No puede beber agua del grifo ni comer pan y lácteos. Durante el confinamiento tuvo que pasar muchos días con el botellín de agua mineral que le daban en los comedores sociales. “Tuve miedo. Es una enfermedad que mata a la gente que está dentro y fuera estás más expuesto. No me contagié, mis compañeros tampoco. Tengo mucha suerte, porque por mi enfermedad hubiese sido muy peligroso”, explica Amadi. Agradece a los vecinos que les ayudarán, dándoles comida y agua mineral y también poder comer cada día desde el confinamiento en el Hospital de Campaña de la Parroquia de Santa Ana, que es gestionado con el apoyo de Cáritas.


Fuente:  elsaltodiario.com/pobreza/